Más adulterados y adúlteros que adultos

Cuando estaba en el colegio había un juego. Era uno de esos juegos calificados como “para niñAS”. Tenías que decir la edad con la que pensabas casarte, tres chicos con los que te gustaría casarte y tres lugares a los que ir de luna de miel. No había ningún apartado sobre a qué te gustaría dedicarte, curioso.

Yo siempre ponía veinticinco años. Mi madre se casó con veintiseis.

Recuerdo que solía preguntarme ¿cómo seré con veinticinco años? Dando por sentado que a esa edad la persona adulta en la que me convertiría estaría completamente configurada. Ver como sería yo a los veinticinco era como ver quién sería yo en el resto de mi futuro.

Nos vendieron que a los veinticinco seríamos adultos. Tendríamos trabajo, marido/esposa, casa y un futuro cierto.

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Miro la gente a mi alrededor.

No tenemos trabajo estable, quizás ni siquiera tenemos trabajo. No tenemos pareja estable, puede que ni tengamos pareja. No tenemos domicilio estable, una vivienda propia es una quimera, nos damos con un canto en los dientes si logramos independizarnos.

Esos son nuestros veintipocos, nuestros veinticinco, nuestros veintilargos, nuestros treinta y tantos.

Tenemos dos grandes opciones: ser mileuristas o ser funcionarios. Un funcionario puede parecer cercano al mileurista en cuanto a ingresos pero dista un abismo entre ambos. El mileurista gana mil euros por un trabajo cualificado, en un estado de precariedad total que no te permitirá jamás tener una vivienda propia. Por eso la gente se da tortas por ser funcionario.

Algo va mal en un país en el que la mitad de los universitarios aspiran a ser funcionarios. Incluso los que han hecho carreras con una cierta demanda laboral, lo cual no es mi caso, por supuesto.

Yo no quiero ser funcionario. Quizás soy una anomalía del sistema. La perspectiva de, a mis años, encontrar un trabajo fijo para toda la vida me aterra. Me asquea pensar que hasta los 65 o más probablemente los 70 me dedicaré a una misma cosa, puede que hasta en una misma ciudad. Tampoco quiero encadenarme a una hipoteca que legar a mis todavía improbables hijos. Somos una generación que se espanta del compromiso, de atarse a lugares, profesiones, personas, contratos…

Quizás no soy una anomalía del sistema sino todo lo contrario, justo lo que necesita: jóvenes cabezashuecas que digan “no me hagas fijo por favor”, “mándame a la ciudad que quieras, por favor”, “no te preocupes si me pagas una mierda; no pensaba comprarme una casa”, “no te preocupes por mi dedicación a tiempo completo; no me puedo permitir tener hijos”.

Soy una ganga intrépida. Soy mucho más guay que esa panda de aburridos, desesperados por algo de seguridad y comfort que suspiran por ser funcionarios.

Como mola ser tan chachi y tan original como yo.

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septiembre 27, 2007. Mi generación.

One Comment

  1. andres replied:

    exactamente. Somos la mierda que necesitaban. pero ojo, mientras nos lamentemos en vez de matarlos a todos, seguiremos tirando nuestros posibles, y nuestra vida en ese pozo sin fondo que es el tiempo.

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