Luces de Otoño

Me gusta cuando llega el otoño. En general me gustan los cambios de estación, incluso sólo de tiempo.

Me gusta esa ligera sensación de frío cuando llevas los brazos o las piernas desnudas, o cuando corre el viento. Son sensaciones que te recuerdan que tienes cuerpo, que vives, que respiras, que caminas…

Es una especie de evidencia gozosa de que existes y que existe un mundo que te rodea.

Este es el tipo de cosas que me hacen feliz.

Adoro el olor a otoño. Para mí el otoño huele a tierra húmeda y a leña ardiendo. El otro día abrí la ventana y lo sentí: apenas se acerca el frío la gente del pueblo enciende las chimeneas… Voy a echar de menos ese olor a quemado en Madrid, es mi favorito.

Me gusta – necesito – que el cielo cambie; que cambie de color por la trayectoria del sol o por las nubes. No es que me guste el nublado – odio el cielo de Milán, siempre blanco, siempre igual – lo que me gusta es ver nubes de distintas formas, de distintos colores, que avanzan o se superponen, que oscurecen el cielo o que dejan traspasar haces de luz irreales.

Me gusta ese ambiente apocalíptico cuando es temprano pero parece casi de noche porque el cielo está cubierto de nubarrones oscuros, amenazantes, y suenan truenos y tiemblan las ventanas…

El otro día salí a la calle. Apenas llegué a la parada de autobús, tronó y, suavemente, empezaron a caer gotas en un tenue crepitar que poco a poco fue in crescendo hasta que lo llenó todo, sobrecogedor. Me pareció un milagro. No es un recurso estilístico, no es una cursilada (o quizás sí), simplemente de verdad me pareció que asistía a una especie de milagro.

Hoy, desde la biblioteca, veía llover. Me gusta estar al otro lado del cristal y ver como fuera llueve y el mundo es distinto, quizás un poco melancólico.

Y después de la lluvia, cuando sale el sol es increíble, porque todo parece más dorado, como si fuera un atardecer, aunque aún no toque. Los rayos se reflejan en el agua de las calzadas grises y, como por arte de magia, las convierten en ríos de oro, fugaces caminos de baldosas amarillas.

Y yo los sigo con gusto, feliz porque sí, porque me parece muy grande que baste tan poco para que todo cambie y para que ningún elemento cotidiano sea ya el mismo.

Baldosas amarillas de Zulde

La foto se llama Luces de ciudad y es de Zulde:

Tiene ésta y otras en su blog. Os recomiendo que echéis un vistazo.

Anuncios

octubre 19, 2007. Espejos.

One Comment

  1. geyper replied:

    Me encanta, encanta, encanta el otoño (y el invierno). Me encanta cuando viene el frío y uno se encuentra tan a gusto bajo el edredón, que se queda muy suave; y cuando te pones un jersey que abriga, y un gorro de lana suavecito, y guantes y bufanda… Y dar una vuelta por el parque cuando todo está gris y mojado… y luego agradecer cuando hay sol (porque en verano no me gusta nada)…

    Y estar en casa, con una taza de té, mirando cómo la gente corre bajo la lluvia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Trackback URI

A %d blogueros les gusta esto: