Femmes Fatales y Folloamigos

Me llama Mamen desde el trabajo.

-¿Qué tal, guapa?- pregunto al descolgar.

– Nada. – Por la respuesta apática sé que hay clientes delante y tenemos que jugar a las preguntas con respuesta de “sí” o “no”.

– ¿Qué pasa?

– Que estoy rallada.

– ¿Y eso?

… Silencio.

– ¿Es por Marcos?

– No.

– ¿Pablo?

– No.

– ¿David?

– No.

– ¿Juan?

– Sí.

Mamen no se aburre.

– ¿Qué ha pasado?- le pregunto.

– Pues que creo que me estoy pillando, tía.

– ¡Ah, bueno! Pero eso a ti se te pasa en una semana.

Una semana después Mamen me dice que se ha cansado de Juan.

Theda Bara

Yo de mayor quiero ser como Mamen.

No es porque Mamen sea guapa, mida 1,80, tenga ojos claros, buen cuerpo y vista elegante y sexy. Conozco otras chicas que podrían ligar tanto como ella.

La virtud de Mamen es que forma parte del reducido porcentaje de chicas para las que un polvo es sólo un polvo.

Al resto de mis amigas, y a mí misma, nos cuesta no esperar nada de un tío cuando nos acostamos con él. Puede ser que el tío no nos encante, que nos lo hayamos tirado a la ligera, porque esa noche encartó, pero desde el momento en el que hay sexo, algo cambia. Quizás si te llama luego pases de él, pero si no te llama… Ya tienes rallada de cabeza para rato.

En parte es biología y en parte que nos han jodido la vida con la educación que nos han dado.

Eso nos pone en una desventaja tremenda en las relaciones porque, a menudo, cuando uno persigue, el otro se agobia y escapa. Así que, aunque nosotras lo tengamos más fácil para ligar, tenemos más peligro de convertirnos en el elemento débil de la relación.

A Mamen esto no le pasa, los tíos son pesadísimos con ella que, claro, no los quiere más que como folloamigos, aunque a menudo ellos no están al corriente de esto.

Puede ser que juegue con ventaja: ella tiene pareja, así que no necesita nada de ellos, es más, le estorban si le llaman mucho, que hay que disimular un poco con el novio. A lo mejor si las demás lo hiciéramos así también seríamos femmes fatales.

En el blog de sexo de “El Mundo” hablaron hace poco de este tipo de amistades con derecho a roce. El problema es que a la mayoría de nosotras el roce nos afecta más de lo que debería.

Cuando veo a amigas guapas e inteligentes, rayándose por un tío infantiloide y egocéntrico en el que no me fijaría jamás, sólo porque han cometido el error de acostarse con él, me doy cuenta de cuánto mal nos han hecho en el reparto de papeles.

Yo, por mi parte, aunque no me quejo de cómo me ha ido, tengo asumido que lo de tener un folloamigo, vale para un periodo corto, pero que no es lo mío. Se lo dejo a Mamen que se le da de lujo y me quito el sombrero ante ella y ante todas las chicas que saben que el sexo no es más que sexo a no ser que uno decida lo contrario.

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octubre 23, 2007. Mi generación. 4 comentarios.

Más adulterados y adúlteros que adultos

Cuando estaba en el colegio había un juego. Era uno de esos juegos calificados como “para niñAS”. Tenías que decir la edad con la que pensabas casarte, tres chicos con los que te gustaría casarte y tres lugares a los que ir de luna de miel. No había ningún apartado sobre a qué te gustaría dedicarte, curioso.

Yo siempre ponía veinticinco años. Mi madre se casó con veintiseis.

Recuerdo que solía preguntarme ¿cómo seré con veinticinco años? Dando por sentado que a esa edad la persona adulta en la que me convertiría estaría completamente configurada. Ver como sería yo a los veinticinco era como ver quién sería yo en el resto de mi futuro.

Nos vendieron que a los veinticinco seríamos adultos. Tendríamos trabajo, marido/esposa, casa y un futuro cierto.

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Miro la gente a mi alrededor.

No tenemos trabajo estable, quizás ni siquiera tenemos trabajo. No tenemos pareja estable, puede que ni tengamos pareja. No tenemos domicilio estable, una vivienda propia es una quimera, nos damos con un canto en los dientes si logramos independizarnos.

Esos son nuestros veintipocos, nuestros veinticinco, nuestros veintilargos, nuestros treinta y tantos.

Tenemos dos grandes opciones: ser mileuristas o ser funcionarios. Un funcionario puede parecer cercano al mileurista en cuanto a ingresos pero dista un abismo entre ambos. El mileurista gana mil euros por un trabajo cualificado, en un estado de precariedad total que no te permitirá jamás tener una vivienda propia. Por eso la gente se da tortas por ser funcionario.

Algo va mal en un país en el que la mitad de los universitarios aspiran a ser funcionarios. Incluso los que han hecho carreras con una cierta demanda laboral, lo cual no es mi caso, por supuesto.

Yo no quiero ser funcionario. Quizás soy una anomalía del sistema. La perspectiva de, a mis años, encontrar un trabajo fijo para toda la vida me aterra. Me asquea pensar que hasta los 65 o más probablemente los 70 me dedicaré a una misma cosa, puede que hasta en una misma ciudad. Tampoco quiero encadenarme a una hipoteca que legar a mis todavía improbables hijos. Somos una generación que se espanta del compromiso, de atarse a lugares, profesiones, personas, contratos…

Quizás no soy una anomalía del sistema sino todo lo contrario, justo lo que necesita: jóvenes cabezashuecas que digan “no me hagas fijo por favor”, “mándame a la ciudad que quieras, por favor”, “no te preocupes si me pagas una mierda; no pensaba comprarme una casa”, “no te preocupes por mi dedicación a tiempo completo; no me puedo permitir tener hijos”.

Soy una ganga intrépida. Soy mucho más guay que esa panda de aburridos, desesperados por algo de seguridad y comfort que suspiran por ser funcionarios.

Como mola ser tan chachi y tan original como yo.

septiembre 27, 2007. Mi generación. 1 comentario.